Durante el mediodía de este lunes fueron formalizados judicialmente: están acusados por tentantiva de robo agravado y quedaron detenidos con una prisión preventiva de 60 días hasta que terminen las pericias que lleva a cabo la Fiscalía.
La clave para dar con el paradero de los presuntos boqueteros radicó en el análisis del centro de monitoreo. Los investigadores lograron reconstruir los movimientos de los sospechosos mediante el seguimiento pormenorizado y cronológico aportado por las diferentes cámaras de seguridad públicas y los sistemas de videovigilancia privados de la zona céntrica. Las imágenes permitieron situar a los dos extranjeros en las inmediaciones del comercio damnificado y seguir su ruta de escape posterior.
Formalización.
Tras las capturas en la estación de micros, el caso quedó bajo la órbita de la fiscalía a cargo de Verónica Ferrero. Durante el mediodía de este lunes los dos acusados (Sergio Martín Garcés y Elías Asenjo Negro) fueron formalizados y la funcionaria judicial pidió una prisión preventiva por 60 días para completar una serie de medidas procesales, entre ellas la recolección y el procesamiento de elementos probatorios clave hallados tanto en la escena del hecho como en poder de los arrestados.
La jueza María Elena Gregoire encabezó la audiencia de formalización y adhirió al pedido de la fiscal, bajo la acusación de robo agravado en grado de tentativa.
Los acusados permanecerán detenidos de forma preventiva mientras el Ministerio Público Fiscal aguarda el resultado técnico de dichas pericias científicas y el análisis de los soportes digitales.
Alarma nocturna y misterio.
La secuencia que derivó en las detenciones se inició durante las primeras horas de la madrugada del domingo, cuando los sistemas de seguridad del local de la calle Gil, entre Lagos y Mansilla, se activaron imprevistamente. Ante el alerta, personal de la Policía de La Pampa se desplazó de inmediato hasta el comercio, aunque tras una inspección ocular externa no advirtieron la presencia de sospechosos ni detectaron aberturas forzadas, por lo que se retiraron.
El verdadero escenario quedó al descubierto recién al mediodía, cuando el propietario, Horacio Bustos, se acercó al establecimiento y constató con sorpresa la existencia de un boquete que conectaba directamente con el patio de un bazar lindero. A pesar de la gravedad de la intrusión y del daño estructural, las revisiones preliminares del stock no detectaron faltantes de joyas o dinero, lo que hace presumir que los delincuentes debieron abortar la maniobra de apuro ante el primer sonar de las alarmas.
La joyería de la calle Gil —que durante muchos años operó bajo la franquicia de «Trust Joyero Relojero» antes de quedar definitivamente a cargo de la familia Bustos— es un comercio de alto perfil que históricamente ha estado en la mira de las bandas delictivas debido a que es agente oficial de primeras marcas internacionales de relojes y joyas de alta gama, incluyendo cristales Swarovski.
El episodio revivió el fantasma del espectacular y violento asalto a mano armada que sufrió el comercio el 19 de agosto de 2011. En aquella oportunidad, cerca de las 8:45 de la mañana, dos delincuentes irrumpieron en el local fingiendo ser clientes tras dejar una motocicleta Yamaha 150 en marcha sobre la vereda.
En pocos segundos, los asaltantes desenfundaron armas de fuego y redujeron a ocho personas: cuatro empleados, una cliente y tres hijos del propietario. Los malvivientes buscaban oro y, ante la respuesta de que no disponían de ese material en el lugar, le propinaron un violento culatazo en la cabeza a una de las víctimas, mientras que el otro delincuente golpeó a uno de los dueños para obligarlo a abrir las vitrinas de exhibición.
Mientras los ladrones vaciaban la caja registradora y metían relojes y cadenas de oro en dos bolsos, los empleados lograron activar una alarma silenciosa. La respuesta de la Seccional Tercera fue inmediata y, al arribar la primera patrulla, los delincuentes se vieron cercados y decidieron abortar el robo. Para cubrir su huida, abandonaron los bolsos con el valioso botín y se abrieron paso a los tiros; incluso uno de los ladrones le efectuó un disparo a quemarropa a un policía con un revólver calibre .38, el cual afortunadamente no llegó a impactar en el agente.
El hecho desencadenó una cinematográfica persecución por las calles del centro santarroseño que involucró a unos diez patrulleros. En la corrida, los delincuentes escaparon en contramano por la calle Mansilla, desprendiéndose de gorros, guantes y precintos. El operativo cerrojo dio sus frutos rápidamente: uno de los asaltantes fue atrapado sobre la calle Mansilla, antes de llegar a Rivadavia, mientras que su cómplice logró cruzar el Parque Oliver pero fue finalmente reducido en un pasaje hacia la calle Alvear por un guardiacárcel de la Unidad 13 que se encontraba de guardia.
Fuente: El diario